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¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?

Enviado por Marcos P. Clark Gavilán el 08/06/2008 a las 07:13 PM

Sample ImageEsta fue parte de la reflexión hecha por el Arzobispo de Concepción, monseñor Ricardo Ezzati durante su participación en el seminario “Seguridad laboral, un sentido de vida responsable”, organizado por Cel Chile.

Su aporte no fue técnico ni legal. Fue una reflexión antropológica, que sin embargo permitió que las cifras y porcentajes sobre la realidad de la seguridad laboral en nuestro país y en la región, adquirieran otra dimensión, aquella que otorga la mirada sobre el ser humano que el Arzobispo de Concepción, Ricardo Ezatti desarrolló durante el Seminario “Seguridad Laboral, un sentido de vida responsable”, organizado por el Círculo de Emprendedores y Líderes del Cono Sur, Cel Chile.

 
El Arzobispo Ezzati expuso al término del Seminario, después de una serie de datos, matizados con conceptos teóricos y legales acerca de la seguridad laboral, que permitieron dimensionar numéricamente lo que ocurre en materia de accidentes laborales y su prevención. Por eso, su intervención parecía un poco ajena a lo que se había debatido, aunque su ponencia “El sentido humano de la seguridad”, anticipaba lo que se escucharía.

 
“Es evidente que no tengo ninguna competencia específica en riesgo o en seguridad laboral, soy un obispo de la Iglesia Católica, un pastor de almas, cuya preocupación fundamental es el anuncio del Evangelio…La única competencia que pudiera presentarles tampoco es mía, es la competencia de la iglesia definida como experta en Humanidad…”, partió señalando el obispo.

 
Y por eso es que exposición se centró en los componentes humanos y trascendentes sobre los cuales se sustenta el desarrollo de una comunidad y la calidad de vida de las personas. Es decir, una reflexión antropológica sobre la persona humana.

 
“Mi reflexión tocará tres pilares que considero vitales para la cultura de la vida del hombre y de la mujer de hoy. Estos tres pilares son la vinculación, el concepto de progreso y la educación”, explicó y a renglón seguido preguntó: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? …y entonces surge la pregunta ¿cuál es la seguridad “más segura” que anhelamos y cuál es la responsabilidad personal y social frente a esto?”.

 
No se trata de aspectos menores, pues la pregunta –agregó el obispo- toca un aspecto fundamental de la vida humana y que se refiera a su sentido, al escoger entre vivir el momento porque se puede terminar pronto o buscar el sentido profundo de la vida.

 
Y ahí surge la consistencia de la persona, su seguridad, que no está constituida por algo externo, “sino por una estructura interna que le permite ser y permanecer de pie aunque deba cargar con los límites y problemas propios de la condición humana. Y entonces la pregunta es ¿qué cosa da seguridad, sentido a la vida de las personas, qué cosa da seguridad y sentido a la vida de una sociedad, qué cosa nos sostiene?”.

 
En la clave del tema de la seguridad, agregó, mencionó tres aspectos que considera vitales y que requieren una atención particular: la vinculación, el progreso y la educación.

 
“El primer aspecto que asegura calidad de vida lo defino como la búsqueda, el desarrollo de la vinculación. La seguridad de las personas consiste en cuidar los vínculos desde los más sagrados a los que se pueden dar en el compromiso que se asume en una determinada tarea humana”.

 
El segundo aspecto es el progreso, algo de lo cual la sociedad contemporánea es muy importante que reflexione constantemente.”La seguridad personal y social pareciera estar muy estrechamente ligada con el progreso. La redención de la humanidad en el sentido laico estaría en el progreso producido por la ciencia, la tecnología y el mercado. La sociedad globalizada nos lleva a pensar en eso”.

 
El tercer eje es la educación. “En nuestro país es un tema emergente, estamos asistiendo a fenómenos que nos hablan de la centralidad que tiene la educación. En todo el mundo pero en particular en América Latina, se habla de una gran emergencia educativa, y no se refiere a la metodología ni a los contenidos que hay que entregar, sino al concepto mismo de educación. Si nos preguntamos para qué educar, qué cosa queremos que los niños y los jóvenes aprendan en los colegios, vemos que las medidas que se dan a la calidad de la educación se refieren a un solo ámbito, hemos crecido en calidad de educación porque en la prueba SIMCE hemos aumentado en diez o quince puntos en la comprensión del lenguaje, pero ¿cuándo se mide y qué espacio tiene la medición de la calidad humana de esa persona que vaya más allá que simplemente los conocimientos?”.

 

En su calidad de presidente del departamento de Cultura y Educación de la CELAM, Monseñor Ezzati recalcó que viendo la realidad no sólo de nuestro país, sino de nuestra América, “uno percibe que el problema fundamental de la educación no está debidamente enfrentado. El problema de la calidad, del cambio educacional no ha venido de una consideración antropológica, sino de una consideración económica, quien motivó el cambio educacional en América Latina ha sido el Banco Mundial, que se ha propuesto que nuestros países lleguen a ser competitivos en el mercado global, pero no dice competentes. Y decir competitivos significa reducir simplemente a un factor un logro mucho más grande que debiera obtener la educación para la persona, que la haga crecer hacia la estatura alta de su vocación humana, que la haga crecer en el concierto de una sociedad y que la haga crecer como una persona capaz de vivir en solidaridad con los demás”.

 
De ahí la importancia de esta consideración, puntualizó el obispo, pero advirtió que no hay que quedarse sólo en la educación primaria o secundaria, hay que apuntar a la educación permanente, al proyecto de persona y sociedad que nos damos, para que a partir de eso, la educación desarrolle sus objetivos.

 
“Como ven el aporte que les ofrecido no ha tocado aspectos técnicos, no es mi competencia, he querido tocar aquellos elementos que dan consistencia a estas preocupaciones de carácter técnico, a su fundamentación antropológica y social, y estoy seguro que nuestra sociedad va a crecer en todos estos ámbitos, en el progreso y la calidad de vida, en la medida que no pierda de vista estos elementos esenciales que constituyen la identidad de una persona y de la sociedad”, finalizó.

 

Accidentabilidad en baja

 

Ya en el ámbito más numérico, los expositores anteriores, Pedro Ramírez gerente regional de la Asociación Chilena de Seguridad; Alvaro Elizalde subdirector de la Superintendencia de Seguridad y Salud Ocupacional; y Emilio Uribe, gerente de la Corporación Chilena de la Madera, hablaron acerca de los avances en materia de reducción del número de accidentes laborales en Chile y los costos directos e indirectos que estos representan para la economía.

 
Así por ejemplo, Pedro Ramírez destacó que en 1969, la tasa de accidentabilidad en el país llegaba al 35 por ciento, mientras que al 2007 alcanzó a 6,1 por ciento.

 
Dijo que anualmente se evitan unos 700 mil accidentes gracias a las políticas y medidas de prevención desarrolladas tanto por los organismos mutuales como por las empresas y el Estado.

 
En la región del Bío Bío, mencionó que durante 2007, las empresas asociadas a la ACHS tuvieron una tasa de accidentabilidad de 4,5 por ciento y en lo que va corrido del año, el porcentaje llega a 4,9 por ciento.

 
A su vez, Alvaro Elizalde hizo una valoración positiva de la aplicación de ley 16.744 sobre accidentes del trabajo y enfermedades profesionales, que el 1 de mayo cumplió cuarenta años de vigencia.

 
Dijo que si bien ha sido exitosa en cuanto a su aplicación, “no podemos declararnos satisfechos”, reconoció. Y una cifra lo grafica: durante 2005 hubo 247 trabajadores muertos por accidentales laborales, mientras que el 2007 bajó levemente a 221. Esto sólo con el registro de los mutuales. Si se suman otros servicios y el INP, agregó, se podría decir que hay casi un trabajador muere diariamente víctima de un accidente laboral.

Fuente: Tribuna del Bio Bio






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